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Orden y progreso

Arturo Ortiz Struck

 

¿Conoces el pavorreal? ¿Haz observado ese efecto óptico que generan sus plumas? ¿Esa iridiscencia, esos cambios de colores, que dependen del movimiento de nuestra mirada? ¿Sabías que nuestros bisabuelos -quizá todavía nuestros abuelos- utilizaban el aluminio en sal para efectos medicinales? Lo que sí recuerdas es el latón en casa de tus padres, de pequeño te fascinaba el esplendor que proyectaba, dotando al espacio de un aura casi sagrada. Ya de adulto diferenciabas ese material con las esculturas antiguas hechas de cobre, o por lo menos, recuerdas que en la escuela nos enseñan que la humanidad vivió una era que se le reconoce con ese metal. Podrás no conocer un pavorreal aún, depende si naciste antes o después de 1990, olvidar por la cotidianidad en la que vivimos que el cobre y el aluminio son minerales; elementos tan naturales como un pavorreal o como una vaca o como un toro que es martirizado para el divertimento de ciertas personas -que por cierto- también somos elementos naturales como el pavorreal, los árboles, el cobre, el aluminio, la vaca o el toro.

 

A diferencia del pavorreal, de los árboles, del cobre, del aluminio, de la vaca y del toro; los humanos emprendimos la explotación de la tierra, la extracción de minerales, la caza de entretenimiento, la tala de árboles. Comenzamos a olvidarnos de cómo se llama un árbol para aprendernos el nombre de una marca; no sabemos reconocer un Ahuehuete, pero sí un iPhone; se nos ha olvidado que existen hierbas que nos curan pero no puede faltar el Prozac en nuestra mesa de noche; nos convertimos en depredadores de la naturaleza, es decir de la vida, y sin darnos cuenta somos nosotros mismos, todos, los que estamos acabando con este planeta y, por ende, con nuestra misma especie. ¿Quién puede respetar la vida de otro ser humano si desde pequeños no nos enseñan a respetar la vida natural? ¿Por qué vivimos en un mundo tan violento?, si en vez de respetar a nuestros minerales, nuestros bosques, nuestros animales hemos tomado la vida como moneda de cambio. La humanidad ha apostado por la “civilización”: el orden y progreso que son los motores del capitalismo voraz que ni siquiera nos da tiempo de darnos cuenta que cuando menos lo pensemos, será él quien termine con nosotros y no nosotros atesorando su supuesta abundancia.

 

Ahora nuestros ojos no atestiguan el plumaje del pavorreal sino escenas de descuartizados; el cobre y el aluminio los hemos convertido en balas que asesinan a nuestros jóvenes; hemos emprendido la conquista de la naturaleza como depredadores de la vida. Nuestro lenguaje para nombrar a la naturaleza se ha convertido en política; una maquinaria semántica que reutiliza palabras sin sentido para adormecer nuestras conciencias. El objetivo de la “civilización” ha sido una trayectoria sanguinaria cuyo impacto es la necropolítica, es decir la política de la muerte; una bala perdida que el artista mexicano Arturo Ortiz Struck utiliza para discernir de lo que es real y de lo que es una representación de lo real; es decir la civilización como representación de la naturaleza a manera de relicarios neoliberales.

 

Octavio Avendaño Trujillo - Curador